A 19 años de la Masacre de Avellaneda

Pensar en Darío y en Maxi, para muchxs de nosotrxs, trae distintas cuestiones a nuestras cabezas. Hagamos el ejercicio: asociamos el término dignidad piquetera, juventud, masacre, lucha, yuta asesina, “La crisis causó dos nuevas muertes”, sangre, compañerxs, la impunidad. Lo mismo sucede con las imágenes: el puente Pueyrredón, la estación, un asesino de azul que sonríe, un Maxi herido, un Darío que intenta ayudarlo. Este ejercicio puede dar una amplia variedad de resultados para cada quién, pero hay uno asegurado: sus nombres perduran en la memoria de las luchas populares.

Maximiliano Kosteki era una joven de 22 años. Un artista, le gustaba pintar, dibujar, escribir, tocaba el bajo y la armónica. En mayo de 2002 empieza a militar en el Movimiento de Trabajadores Desocupados –MTD- de Guernica, sumándose primero a una manifestación a Plaza de Mayo y después a las reuniones, el trabajo en el comedor, la huerta, la biblioteca. Donó todos sus libros.

Darío Santillán tenía 21 años. Mientras estaba en el secundario comienza a participar del centro de estudiantes, y para el año 2000 confluye en la fundación del MTD de Almirante Brown, que luego se integró a la Coordinadora de Trabajadores Desocupados Aníbal Verón –nombrada en homenaje al piquetero asesinado en Salta durante el año 2000. Ayudó a construir viviendas, colaboró en la organización de bibliotecas populares y fue participante activo del movimiento piquetero de ese momento.

Ese día, 26 de junio de 2002, había varias movilizaciones planificadas. Las organizaciones de desocupadxs y movimientos piqueteros seguían luchando por respuestas estatales que no fueran, como hasta ese momento, la represión o el hambre. Querían condiciones de vida dignas. Así lo planeado era cortar varios accesos a la ciudad de Buenos Aires, y también la de Puente Pueyrredón. Allí, la policía empezó a reprimir a lxs manifestantxs a los tiros, y en la estación Avellaneda–que hoy lleva los nombres de Maxi y Darío-, abaten primero a Kosteki. Darío se queda a su lado junto a otro compañero tratando de asistirlo, pero a los minutos un cobarde balazo también acaba con su vida. Esa jornada terminó además con 80 heridos, todo debido a la feroz represión policial ordenada por el entonces presidente Eduardo Duhalde, el gobernador de la provincia de Buenos Aires Felipe Solá, y ejecutada entre otros por quien estaba a cargo de del cuerpo de Infantería, comisario Fanchiotti.

“Me metí en la estación y vi a Maximiliano rodeado de gente. En una de las fotos que saqué Santillán está arrodillado tomándole la mano mientras otro chico trata de hacerle algún tipo de asistencia médica. Salí a pedir una ambulancia y cuando volví a entrar escuché gritos que venían del patio. Fui y había una chica tirada en el piso con convulsiones. Cuando volvía hacia el hall vi un policía que tiraba hacia adentro de la estación. Ahí se desbandaron los que estaban atendiendo a los heridos. Mientras salía de nuevo al patio escuché más disparos, me di vuelta y vi a este chico Santillán como tratando de incorporarse. La siguiente imagen que tengo grabada en la memoria es el perfil del oficial, la gorra y la Itaka alineadas apuntando hacia la espalda de Santillán y en un segundo plano, hacia atrás, el otro oficial. Fue casi a quemarropa” en palabras de Sergio Kowalewski, fotógrafo cuyo material y testimonio fueron claves para la causa (Página 12 -28 de junio de 2002).

Si bien los responsables materiales del asesinato de los jóvenes militantes –Fanchiotti y Acosta- fueron condenados a perpetua, los responsables políticos siguen sin ser siquiera investigados. En este sentido seguimos exigiendo el enjuiciamiento por la participación intelectual de Felipe Solá, Eduardo Duhalde,  y los entonces funcionarios Aníbal Fernández, Alfredo Atanasof, Juan José Matzkin, Oscar Rodríguez, Carlos Ruckauf y Jorge Vanossi.

No olvidamos ni perdonamos. Recordamos a Maxi y a Darío y exigimos justicia por ellos. Los llevamos en los murales, en los carteles, en las pancartas, en la dignidad nuestra, en la memoria que nunca nos arrebatarán.

 “Yo tengo un nombre rojo de piquete

y un apellido muerto de veinte años,

y encima las miradas insolentes

de los perros oscuros del cadalso.

Yo no llevaba un arma entre las manos

sino en el franco pecho dolorido,

y el pecho es lo que me vieron armado

y en el corazón todos los peligros”.

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